
Mi vocación para la herejía empezó cuando conocí a un ángel.
Yo tenía unos 7 u 8 años. Después, en una desesperación disfrazada de interés o curiosidad, conocí a otros, en aquél libro mágico de portada negra y dura. Me llamó atención porque de los pocos libros que había en mi casa, ése era el único con dicha portada. Para deshacerse de mis preguntas serias, adultas e inteligentes, mi mamá lo escondió. Así que, que para conocer mejor a los ángeles y su función, se me ocurrió estudiar teología. Eran los tiempos en que yo hacía y vivía más por ganas que por necesidad (o necedad). Todos los años de estudios de dogmática (o anatomía divina, es lo mismo), filosofía, antropología, antiguo y nuevo testamentos, griego o hebreo no fueron nada cuando vi por primera vez (ya la vi unas 5 veces) la película “Der Himmel über Berlin” de Win Wenders. Después de la película yo ya no sabía qué buscar, desde que ángulo mirar o anhelar. Me recordé de aquél ángel que luchó toda la noche con un hombre que, al terminar la lucha ganó un nombre. ¿Es necesario luchar para descubrir y revelar el propio rostro, la propia alma, para descubrir la verdad sobre una misma – nombrarse? Como pasa con todas mis buenas ideas que se echan a perder cuando resuelvo ponerlas en el papel, también esta buena pregunta se echó a perder cuando resolví buscarle una respuesta. Ahora, 15 años más tarde me recuerdo de ella. Y me veo así, sin respuesta.
No sé si es bueno o malo. Sólo sé que ya son la una de la mañana, que ya se termina la cerveza y sólo me quedan 2 cigarros. Que mañana (hoy) voy comprar mi librero nuevo, lijarlo y barnizarlo. El domingo los libros que ya no caben en los dos otros libreros estarán felices. Que después del desayuno (por fin, es sábado) terminaré de ver la película que ayer no terminé pues tenía sueño. Que estoy empezando un duelo y por eso quiero cambiar cosas en la casa: el librero, retomar la tesis, pintar la cocina de rojo. Poner unas tablas en la pared de la lavandería para poner las plantas que ya no quiero (ni caben) dentro de mi casa (son unas egoístas y se me la pasan exigiendo atención. Así que aprovecho que empezarán las lluvias y ellas ya no estarán sensibles con que les ponga música o platique). Llamar a mi mamá y platicar más de 10 minutos con ella. Decirle que voy a visitarla por 3 semanas en julio. Llamar a otras personas para resolver líos burocráticos. Pero antes voy al mercadito comprar naranjas y zanahorias para el jugo de desayuno. Quizás unos champiñones para comer con pan.
Cotidianidades. Postergo la lucha con el ángel. Construyo a cada día mi nombre. Lucho a cada día contra el miedo. No sé si avanzo o retrocedo. Estoy aquí y, eso, por ahora, me basta.